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domingo, 24 de enero de 2021

Matrimonio Depredador - Capítulo 103

Capítulo 103. Cuando Te Enamoras (1)


Blain sonrió, complacido por su sumisión, pero su expresión no le agradaba. La apacibilidad de la misma no concordaba con su verdadera personalidad. "Como quieras, hermana", dijo. "Espera aquí. Te atraparé el más grande".

Luego, se marchó para guiar a los asistentes y sus caballos hacia el bosque. Después de confirmar que se había ido, Leah miró a los lados.

Los Kurkan también estaban a caballo, preparados para partir. En particular, carecían de fustas, puesto que sabían manejar a los caballos sin necesidad de herramientas específicas. Los perros de caza asignados a los Kurkan eran los más rebeldes del grupo, pero su comportamiento actual asombró a los demás cazadores que los observaban. 

« Fusta - vara delgada y flexible, que se usa como un  látigo para estimular al caballo. »

No necesitaron persuadir con comida o gritarles a los perros de caza rebeldes para que obedecieran, los Kurkan los disciplinaron fácilmente. Obedecían ante el más mínimo silbido y a la más ligera palmada, como si hubieran sido perfectamente adiestrados desde el principio.

Los sirvientes presentes se asombraron y se asustaron ante esta escena. Sin embargo, eran conscientes de que el control de los Kurkan se basaba en la cercanía, en un tipo de parentesco, con las bestias. Aunque su apariencia externa era humana, los Kurkan eran individuos completamente diferentes.

Leah estaba observando a uno de los Kurkan cuando se giró ligeramente y sus ojos se encontraron con los de Ishakan. Sin embargo, en lugar de verlo partir, apartó su mirada de Ishakan y regresó a las barracas que le habían sido asignadas como princesa real. Les dijo a las sirvientas que se relajaran en una tienda de campaña que estaba situada enfrente, mientras ella descansaba sola en el interior de otra. Pensaba tomarse un breve descanso antes de iniciar una cacería con los halcones, pero Cerdina la había llamado.

Hacía mucho tiempo que no estaba a solas con Cerdina. La simple idea de hacerlo, de tener que soportar a esa mujer una vez más, drenó instantáneamente la energía de Leah.

Deambulando un rato sola en su propia tienda de campaña, mientras pensaba, sacó un pañuelo de entre su pecho. Se trataba de un pañuelo diferente al que le había regalado a Blain. Un pañuelo fabricado en Estia, de color blanco puro y bordado con hilo de oro en cada una de sus cuatro esquinas. Leah lo apreciaba y lo llevaba consigo a menudo, pero hoy lo trajo para dárselo a Ishakan.

Sin embargo, a pesar de sus mejores intenciones, no pudo. Mientras dudaba perdió la primera oportunidad de dárselo. Se había desanimado por los ojos que parecían seguirla, observando obedientemente y con curiosidad cada una de sus acciones. Leah acarició el pañuelo en sus manos y un sentimiento de arrepentimiento comenzó a plantarse silenciosamente en ella, envolviendo su mente.

'Se lo daré, sin importar quién vea', pensó. Por primera vez quería actuar sin tener que preocuparse por los comentarios de los demás dijeran, aunque sabía más que nadie por qué no podía comportarse de esta manera.

Leah detuvo sus pasos abruptamente. Miró el pañuelo y sintió que surgía en su interior un desagrado desmesurado, dirigido a la inocente tela que tenía entre las manos. Quiso tirarlo al suelo, frustrada, pero se contuvo y lo volvió a guardar. Por muy alterada que estuviera, debía mantener su dignidad de princesa real.

"¡......!"

Mientras Leah reprimía sus emociones, alguien la abrazó de repente por detrás, sorprendiéndola. Ni siquiera pudo gritar debido a la conmoción, pero sus ojos se agrandaron. Respirando con dificultad, la persona que la agarró la hizo girar con una mano grande y firme. 

La sujetó por la cintura con un brazo mientras acercaba su cara, deseoso de darle un beso. Su impaciencia se hizo evidente en la forma en comenzó a besarla.

Leah aceptó el beso casi inconscientemente, por reflejo. Al dar un paso atrás, ella se tropezó con algo y se cayó. Pronto, se encontró accidentalmente tirada sobre un largo sofá. Sus dos manos estaban siendo presionadas por las manos de su agresor, mucho más resistentes. Unos ojos dorados la miraban fijamente, llenos de alegría.

"Hola", sonrió Ishakan, acercando suavemente su nariz a la de ella. "¿Estás sorprendida?"

Le lamió su mejilla sonrojada. A Leah se le escapó una respiración en forma de jadeo. Y su corazón, que latía con fuerza, parecía a punto de salírsele de su pecho en cualquier momento. Sí, ciertamente estaba sorprendida, pero otra emoción, otro impulso, parecía apoderarse de ella también. Leah se mordió el labio para no decir nada potencialmente condenatorio.

"Tienes algo para mí, ¿Verdad?", preguntó. Se trataba de una pregunta que buscaba incitarla a que no desistiera de entregarle lo que le había traído. Quizá los Gitanos no eran los únicos con trucos y hechizos bajo la manga. A veces parecía que Ishakan podía leer la mente.

"...Sí", confesó Leah, entre dientes. "Tengo algo para ti."

Ella se movió, tratando de alcanzar el pañuelo que había guardo en su pecho, pero sus esfuerzos pronto resultaron infructuosos y dejó de intentarlo. Ishakan no la soltaba. Ella lo miró fijamente implorando que la soltara, pero él solo sonreía.

"Deja que lo agarre."

Agarró las muñecas de ella con una sola de sus manos. Leah siempre había sido consciente de lo grandes que eran las manos de Ishakan, pero ahora su tamaño resultaba aún más impactante. Podía sujetar fácilmente sus dos muñecas con una sola mano. Su otra mano recién liberada se movió para acariciar su piel, el cuero de su guante se deslizó suavemente sobre su cuello para bajar lentamente hasta su pecho.

"Creo que lo escondiste bien... aquí..."