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jueves, 17 de septiembre de 2020

Matrimonio Depredador - Capítulo 65

Capítulo 65. Planes de Refutación (1)


Leah sabía que debería haber evitado que Ishakan continuara. Sus palabras no tenían sentido. Además, en esta situación, la combinación de la política y el amor sólo conduciría a una cosa, el desastre.

Ninguno de los dos podía encontrar las palabras adecuadas. Era un tira y afloja. La delicada línea podría cruzarse en cualquier momento, pero ninguno de los dos estaba dispuesto a soltar la cuerda.

Aunque sonara inverosímil, en parte ella quería creerle. Leah quería depositar su confianza en Ishakan.

Sin embargo, sólo se sentía ridícula. ¿Cómo podía confiar en el enemigo de su país? Tenían sus propios objetivos, y sus corazones se oponían por su propio pueblo. Por un lado, Ishakan era el poderoso rey de los Kurkans, mientras que por otro lado, Leah era una princesa indefensa, que hacía todo lo posible por salvar a su país.

Era una tonta. Cada vez que estaba con Ishakan, siempre se ponía igual. Su razonamiento y lógica habitual se desvanecía, siendo reemplazados por la tentación y los impulsos emocionales.

Hacer lo que su corazón deseaba era lo que más quería: llevar el hermoso vestido de seda púrpura que Ishakan le había regalado mientras disfrutaba de la comida en el almuerzo en una atmósfera amistosa.

Deseaba reclamar la gloria de sus contribuciones, deseaba que la gente reconociera que era ella la que se esforzaba por abolir la esclavitud y no el príncipe heredero.

Deseos tan simples que Leah había estado reprimiendo por la etiqueta y la disciplina que tenía que cumplir.

Desde que lo conoció, Ishakan sólo había estado incitando la rebeldía en ella. Los sentimientos que deberían haber desaparecido se convirtieron en enormes llamas.

Resultaba difícil soportar la ardiente necesidad de dejarse llevar, de saciar esos sentimientos más íntimos y deseos desenfrenados.

Ishakan era un combustible, lo suficientemente poderoso para hacer que una chispa estallara en una llama, en contra de sus deseos.

Cuando la Condesa Melissa se enteró de lo que había pasado en el palacio, se alteró muchísimo, por el bien de Leah. La situación del vestido de seda púrpura en especial, la puso muy preocupada. Un vestido tan hermoso, que el dinero no podía comprar, había sido robado y arruinado antes de que Leah pudiera siquiera tocarlo.

Melissa quería encontrar inmediatamente al culpable, pero la princesa la pacificó primero.

"Tengo mis razones para contarte esto. Quiero superar este problema."

"¡Pero, princesa...!"

"Como la Dama de Compañia Principal, quiero que tomes el mando, para que las sirvientas no se dividan. Sé que lo que te pido es difícil, pero..." Leah tomó la mano de la Condesa Melissa. Parecía que le estaba suplicando.

"......"

"Si hubo una sirvienta que me vendió para ganar una fortuna, estoy segura de que lo hizo por circunstancias inevitables. Me iré pronto de todos modos... No importa lo que haga la reina, sólo tenemos que soportarlo."

La Condesa Melissa no respondió, mantuvo su boca cerrada por un tiempo. Con la cara pálida, se forzó a hablar.

"¿Por qué no te dejan tranquila?" Su mano seca y arrugada cubrió su cara. Melissa permaneció en silencio durante un rato.

"...Si tan sólo viniera de una familia con más poder."

Las palabras que susurró parecían estar llenas de remordimiento. Siempre que algo malo le ocurría a Leah, la Condesa Melissa se culpaba a sí misma. Sentía mucha lástima por la princesa, y las innumerables injusticias que tenía que soportar.

"Condesa."

"Le pido disculpas. Hablé incorrectamente delante de Su Alteza."

"No, yo soy la culpable. No merezco tenerla a usted." Leah se acercó a la Condesa y abrió sus brazos. La Condesa Melissa inmediatamente abrazó a Leah.

Suspirando profundamente, dijo: "No, no soy digna de tener una ama como tú. Eres la única que tengo, con la que puedo contar."

"No seas así, Melissa."

"Su Alteza podría pedirme que sirva a otro ama una vez que dejes el palacio, pero no me agrada la idea."

Leah sonrió débilmente como si supiera lo que Melissa estaba diciendo.

El destino de la princesa estaba escrito en piedra: se le prometió a Byun Gyeongbaek y la gente estaba anticipando la reunión. Melissa nunca podría cambiar esto. Carecía de ese poder y por eso se culpaba a sí misma.

Leah recordó su última elección, la muerte en vez de la vida miserable que le esperaba, y rezó para que eso no le trajera demasiada desdicha a Melissa. Tan pronto como pensó en eso, una voz apareció en su cabeza.

|Si digo que me haré responsable... Entonces, ¿Qué harás?|

Sus palabras se quedaron en su cabeza, como un insecto molesto que no la dejaba quieta. No dejaba de volar a su alrededor, no importaba lo mucho que intentara evitarlo.

Su voz, sus ojos y su nariz sobre unos labios bien formados... La suave y sincera expresión de su cara... todo cobró vida en su mente.  Podía trazar su suave mandíbula, el arco de sus cejas y sus profundos ojos.

Al recordar estos recuerdos indeseados, se dio cuenta de algo. Todo el tiempo, su corazón había estado queriendo algo... Quería vivir.

***

Los aristócratas de la sociedad, que estaban mezclados en la sala, estaban muy satisfechos de los chismes que acompañaban al escandaloso banquete de bienvenida para los Kurkan.

Los chismosos extendieron la historia entre el Rey de los Kurkans y la Princesa de Estia. Sólo pensar en la flor de Estia, y en el fuerte rey bárbaro interactuando, bastaba para crear una imagen controvertida.

La hija real, con sus vívidos ojos violetas, era una noble figura envidiada por todos los aristócratas, especialmente por las mujeres. Había bastantes nobles que no estaban satisfechos con el hecho de que se hubiera convertido en la prometida del viejo y poderoso Byun Gyongbaek.

"¡Pero el rey bárbaro apareció como carne fresca! Todo el mundo está deseando observar a Byun Gyongbaek hervir de rabia." El Conde Valtein estaba tan emocionado que se jactaba de los chismes.

"Su belleza es excepcional, pero desconozco cómo perciben los Kurkan la belleza de Estia. Estoy interesado si..."

Al notar la mirada del Ministro de Finanzas Laurent, el Conde Valtein se detuvo con su alarde. Aunque le picaba la lengua por hablar, terminó deteniéndose y cambiando el tema.

Sacó de su bolsillo una pequeña caja de terciopelo envuelta en un lazo rosa. Luego, procedió a desatarla y la abrió con orgullo mientras la empujaba hacia el centro de la mesa. El contenido del interior se reveló, presentado en papel de seda de color melocotón.

Era algo desconocido para la persona que se lo presentaba, el Ministro Laurent.

El Conde Valtein sacó el pecho con orgullo y habló con arrogancia. "Esta es la última tendencia". Sostuvo la caja como si contuviera una misteriosa y preciosa joya.

"¿Dátiles de Palmera?" respondió el Ministro confundido.