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domingo, 26 de julio de 2020

Matrimonio Depredador - Capítulo 35

Capítulo 35. Me Decepcionas, Princesa


Los tintes púrpuras eran extremadamente valiosos porque resultaban difíciles de producir. Incluso un pequeño número de millonarios sólo podía poseer unos pocos pedazos de seda púrpura. Sólo la familia real de Estia y Byun Gyongbaek de Oberde tenían suficiente tela púrpura para usarla.

Era el símbolo máximo de riqueza y poder. Incluso un pequeño pedazo de ella no tendría precio.

"Era más vívida y hermosa que cualquier otra seda púrpura que haya visto antes", recordó con nostalgia. No había palabras que pudieran describir su magnificencia, porque se quedarían cortas al describir su perfección. "Eran como tus ojos", añadió como un pensamiento posterior, y Leah sintió la punta de sus orejas se calentaban por el elogio.

Pero mientras Leah intentaba luchar contra su enrojecimiento, el Conde Valtein sólo seguía divagando.

"Por supuesto, rechacé el regalo. Dijo que era un regalo, pero por supuesto, no era gratis. No sé qué pediría a cambio, así que lo rechacé con firmeza", le aseguró, su rostro jovial estaba serio. Aunque, ella podía notar una pizca de arrepentimiento por tener que rechazar tan magnífico regalo.

Al Conde Valtein siempre le gustaba vestirse bien. Estaba al tanto de las últimas tendencias de la moda en la ciudad y frecuentaba la tienda de la modista. Solía ser muy feliz cuando algo que hacía la modista siguiendo sus deseos, se volvía popular. Rechazar el precioso regalo de Ishakan significaba mucho para el Conde Valtein.

"Gracias". dijo Leah agradecida, antes de que el Conde Valtein sacudiera la cabeza y le sonriera con tranquilidad.

"No digas eso. Sólo hice lo que era correcto". El Conde Valtein sacudió su cabeza como para librarse del anhelo por la seda púrpura. Continuó hablando con una seria expresión. "De todas formas, del mismo modo que me contactó, no me sorprendería que se encontrara con otros nobles también. Debes tener cuidado", advirtió.

Las palabras del Conde Valtein sonaban verdaderas, pero esto era sólo una pequeña parte de la verdad.

En su sociedad, el Conde Valtein era único. Había muchos más aristócratas y nobles que habrían tomado el regalo sin pensarlo dos veces, y por lo tanto, estarían en deuda con los Kurkan. Por ahora, todo lo que podían hacer era vigilar a cualquier noble que apoyara a los Kurkan.

"Los Kurkan me asombran", continuó el Conde Valtein, "Sobornando a otros con objetos tan grandiosos. Estoy seguro de que pueden incluso sobornar a algunos con algo mucho más precioso que las gemas o el oro". Leah frunció el ceño con preocupación ante sus palabras.

Aún así, ella dudaba que esos diez rollos de seda púrpura fueran todo lo que tenían. Se rumoreaba que la riqueza de los Kurkan en el desierto estaba más allá de lo imaginable. Para ellos podría ser una mercancía invaluable, pero para los que fabricaban la tela, apenas causaría repercusión en sus suministros.

Después de adivinar sus pensamientos, Leah se dirigió una vez más al Conde.

"Tampoco podemos descartar que los Kurkan sepan cómo hacer esta seda púrpura."

Justo cuando el Conde estaba a punto de darle su respuesta, el silencio se apoderó del banquete, como si se apagara el fuego con un cubo de agua. Hubo un cambio en el ambiente, ya que todos los ojos se posaron en la entrada.

Los susurros comenzaron cuando se dieron cuenta de quienes eran los que habían cautivado a todos...

"Los bárbaros..." Leah podía escuchar a lo lejos como los Kurkan, sus honorables invitados, finalmente habían hecho su aparición.

Estaban todos vestidos con sus trajes tradicionales, su color oscuro contrastaba con las ropas de colores brillantes de Estia. No era de extrañar que capturara la atención de muchos. A pesar de ser sus ropas ceremoniales, no se podía negar la ferocidad de cada uno de sus movimientos.

Por la forma en que se veían, la forma en que caminaban y mantenían la barbilla en alto, cualquiera se daba cuenta que eran más que simples humanos ordinarios. Y quien lideraba el grupo no era otro que el propio Ishakan.

Sus ojos se posaron en el salón del banquete, recordándole a Leah que un depredador había invadido su territorio.

Algunos de los nobles de los alrededores no pudieron evitar estremecerse mirándolos.

Pero el más llamativo de todos ellos era Ishakan, con su túnica ceremonial. Tenía el cuello tradicional de estilo Kurkan, su tela negra bordada con hilos de oro, nunca se había visto en Estia. Pero esa no era la parte más cautivadora.

No.

Era la seda púrpura que llevaba como una faja, extendida por su torso.  Patrones ornamentales se esparcían por toda la extensión de la seda, la luz se reflejaba en su superficie. Leah, que rara vez había deseado lujos en su vida, no pudo evitar codiciarla también. Ahora podía entender porque el Conde Valtein se lamentaba.

La seda púrpura de Kurkan era un corte por encima del resto en todo el continente.

Ella había estado tan obsesionada con la seda, que no se dio cuenta de que había estado mirándola fijamente hasta que levantó la vista y se encontró con la mirada de Ishakan. Ambos cruzaron miradas por un momento antes de que ella la desviara y pensara en reanudar su conversación con el Conde.

Al voltearse hacia el Conde Valtein, se sorprendió por la mirada feroz que tenía en sus ojos, apuntando hacia alguien que estaba delante de él.

'¿Está mirando a Ishakan?' Se preguntó. Sus ojos estaban mirando fijamente delante de ellos, lo que la impulsó a hacer lo mismo cuando una sombra oscura se proyectó delante de ella, provocando que se sofocara.

Ojos dorados la miraban, con una clara sonrisa en su rostro.

"¿Por qué evitas mi mirada?" le preguntó, acercándose, "Sé que me has visto", le dijo.

Leah miró a su alrededor con nerviosismo, sin saber qué decirle ante las miradas expectantes de tanta gente. Esto sólo hizo que Ishakan sonriera un poco más mientras tomaba suavemente su mano.

Los nobles cercanos se quedaron sin aliento, algunos incluso se estremecieron. Ni siquiera el Conde Valtein podía creer esta muestra de falta de respeto mientras aguantaba la respiración...

Ishakan bajó la cabeza, llevando su mano a su boca y le dio un suave beso en sus pálidos nudillos.

"Me decepcionas, princesa". Habló, mientras todos a su alrededor miraban con la respiración entrecortada.